Relatos cortos y reflexiones metafísicas... desde un punto de vista fantástico. Metaphysical short stories and reflections ... from a fantastic point of view.
sábado, 1 de mayo de 2010
Slut {+18}
Ángel sin Nombre (Capítulo I)
Siete años después, pensaba que aquél había sido, probablemente, el mejor verano de mi vida. El viaje a Italia había ido como si lo hubiera controlado alguien como en Los Sims, y los pocos días en Zaragoza estuvieron llenos de risas y de diversión. Ahora, de nuevo en el coche camino al pueblo, con Simple Plan a todo meter a falta de algo mejor (ya veis lo mal que estaba de CDs como para escuchar un grupo emo...) y para no oír a mi madre.
Faltaban aún dos días para que empezaran las fiestas de forma oficial. Era el día 11 de Agosto, mi santo, y Cristina, la mejor amiga de mi madre, decidió (sin que nadie se lo pidiera) invitarnos a tomar algo. Tapear. En mi pueblo. Chupi. La verdad es que hacer tal cosa en un sitio tan pequeño es difícil. No es precisamente que los locales tengan mucho glamour, pero en fin. Es lo que hay.
En vista de que iba a tener que pasar al menos dos horas fingiendo estar contenta y ocultando mi impaciencia, me puse lo más normal que tenía: una camiseta negra (cómo no) y unos piratas rojos, esos que mamá decía que me hacían un tipo tan bonito. Vale, si le hacía ilusión… Los zapatos blancos de calaveras me hacían daño. Iba a tener que jubilarlos. “Oh, qué pena…” pensé con sarcasmo. Pasé de intentar peinarme el pelo corto. Me gustaba suelto y salvaje, cada mechón a donde le diera la gana apuntar.
-¡Clara, vamos!- me apremió mi madre. Con un último suspiro resignado, salí a la tarde soleada. Bajando por la cuesta hacia el E-Cate, el local más de moda del pueblo, veía niños gritando y lanzándose tiros de agua con sus pistolitas de plástico. Los padres, con jetos de mortificación, los seguían a distancia. Inevitablemente, los abuelos del lugar paseaban calle arriba, calle abajo, haciendo comentarios sobre las jóvenes que cuchicheaban sobre dónde iban a meter la priva aquel año. Puse los ojos en blanco. Yo, a mis dieciséis años, no sentía la necesidad de emborracharme para pasármelo bien. De hecho, no me gustaba el alcohol. La única bebida que se salvaba era el Bailey’s, y la tomaba muy de ciento a viento. Para cuando me quise dar cuenta, ya me habían sentado en una de esas sillas de hierro que pretenden ser brillantes y bonitas. Qué ilusas.
Apoyé la cara en la palma de la mano, perdiéndome en mis pensamientos al ver que mi madre y su amiga se enfrascaban en una conversación sobre reformas. El bricolaje no me gusta, nunca me ha gustado; le cogí manía por una serie de Tim Allen, actor al que detesto profundamente. Casi no sabía lo que hacía cuando pinchaba el pequeño tenedor en las papas bravas con distintas salsas (rosa, barbacoa, mostaza de Dijon y mostaza dulce) y no me daba cuenta en absoluto cuando tenía que beber la Coca-Cola.
-Así que, este año, y luego ya… A la Universidad, ¿no, Clara?- me sacó de mi mundo la voz de Cristina. ¿Cuándo habían terminado de hablar sobre colores de puertas y ventanas oscilo batientes? Asentí despacio con la cabeza. No es que hablar me entusiasme precisamente, me comunico mejor con gestos o escribiendo. Pero tampoco es plan de llevar una libreta a todos lados, la gente pensaría que soy muda…
-Se va a ir a Madrid, a la Universidad Autonómica- dijo mi madre con orgullo contenido.
-No te emociones, mamá- murmuré yo, incómoda. Pensar en el futuro me hacía sentirme bastante rara, como con miedo.
-¿Por qué lo dices?
-Me queda todo el segundo año, y luego aprobar la Selectividad- expliqué sin elevar el tono de voz.
Volvieron a ponerse rollo marujas a hablar de las posibilidades mentales de mi persona. Harta, ya que estaba poniéndome nerviosa a medida que los minutos pasaban, alegué que me dolía la cabeza y me fui a casa. Subiendo la cuesta, el corazón se me paró. Latió un segundo y volvió a pararse. Luego recuperó el ritmo de forma increíble, iba como un Ferrari de carreras.
Ahí estaba. Alto, desgarbado, moreno y pálido, tal como yo lo recordaba. Los últimos siete veranos nos habíamos visto cada año más crecidos el uno al otro. Pero en ninguno me dirigió la palabra, y yo a él, menos. La timidez me vencía cada vez que me lo cruzaba, y, cuando parecía determinada a hacer de tripas corazón y murmurar “hola”, él ya se había aferrado a un amigo, a su hermano o a su móvil. Genial. Yo me cabreaba con él en mi fuero interno, por no ponerme las cosas facilitas. “¿Así cómo quiere que empecemos una conversación?” me decía, enfadada. Inmediatamente, una voz algo más conciliadora, decía que era muy probable que él no quisiera iniciar conversación alguna. Yo ya me había dado cuenta al año siguiente de haberlo visto por primera vez en mi vida, pero me había negado a aceptarlo hasta el verano pasado. Entonces, la obstinación se tornó en resignación; cuando mi máximo interés cada mañana era verlo el mayor número de veces posible hasta entonces, ahora era indiferencia. Me lo cruzaba, y ni lo miraba.
Como esta vez.
Pasé de largo, con los ojos fijos en la muy poco interesante señal de “Reduzca velocidad”. No lo miré, controlé el sonrojo de mis mejillas, ni siquiera hice ademán de volver la cabeza en su dirección fingiendo que observaba otra cosa. Iba tan concentrada en no mostrar ni un ápice de sentimientos que no me di cuenta de que él sí que se giraba a mirarme, con expresión incrédula en la cara.
-Buddy you’re a boy making big noise playin’ in the street gonna be a big man someday…- el We Will Rock You, Queen, de mi móvil me sobresaltó. Lo saqué del bolsillo de los piratas rojos, deteniéndome en frente del Copos, un bar-restaurante que era como una especie de gasolinera americana donde tienen de todo. Miré la pantalla.
Sam. Me llamaba Sam. Samuel era un amigo mío de la Secundaria. Pero yo creía que, junto con todos los demás, no querría volver a tener contacto conmigo en su vida, de lo cual me alegraba mucho.
-¿Hola?- dije, una vez me convencí de que no era una llamada errónea.
-¿Clara? Soy Sam- me contestó su voz al otro lado de la línea, una voz tan de adolescente que a mí me hacía reír. Esta vez me controlé y, en lugar de soltar una carcajada sin venir a cuento, me limité a sonreír.
-Ya, te he visto en la pantalla. ¿Cómo te va?- me senté en unas escaleras de piedra, ya que intuía que iba para largo.
-Muy bien, muy bien. ¿Tú cómo estás?
-De coña. ¿Cómo es que me llamas?
-¿No puedo llamar a una vieja amiga o qué?
-Eh, eh, de vieja nada, que te recuerdo que tu cumpleaños es antes que el mío.
Él rió en mi oído, el sonido distorsionado por el micro del teléfono.
-Estoy en Biescas. ¿Me equivoco al pensar que tú estás arriba en Panticosa?
-No, estás en lo cierto.
-¿Qué te parece que nos veamos? Tengo entendido que la lluvia de estrellas fugaces es esta noche. ¿Hace una acampada? Tengo la moto aquí.
Me quedé clavada en mi asiento. ¿Ver a Sam? ¿Tras un año entero sin tener señales de vida suyas, excepto los mensajes de móvil y el chateo por el Messenger?
-¿Clara?
-Ummm... Sí, claro, si no te va mal… Igual quieres estar con tus hermanos o con tus amigos…
-Tú eres mi amiga y llevo un año sin verte. ¿Tan mal te parece?
-No, no. Nos vemos esta noche. Me llamas, ¿vale?
-Bien. Hasta luego.
-Hasta huevo- me despedí como solía hacer. Bajé la tapa del teléfono y me lo volví a meter al bolsillo mientras subía las pequeñas escaleras hasta la cuesta que daba al conocido bloque de apartamentos.
No me dí cuenta de que dos ojos negros como la tinta seguían mis pasos de forma intensa.
Dos horas después, yo convencía a mis primas de que no, no podían venir conmigo a ver a mi amigo. Les cerré la puerta de su casa poniendo los ojos en blanco mientras caminaba a paso ligero por la galería hasta salir a la calle soleada. Los veranos en la montaña son increíbles. Hace sol, y calor, pero nunca en exceso. Metí las manos en los bolsillos de los piratas rojos mientras sorteaba coches para pasar a la calle principal. Las campanas de la iglesia dieron las cinco y media. Sam debería estar ya allí, si era puntual, cosa muy inusual en él. Pero estaba preparada para la espera. En mi bolso de Pesadilla Antes de Navidad había metido la Metal Hammer, por si tenía que entretenerme con algo. Aunque la revista para heavys no me hizo falta alguna. Sam estaba allí, alto y con el pelo castaño más rizado que nunca. Vestía unos vaqueros oscuros, parecidos a los que yo guardaba en mi armario de Zaragoza, solo que los míos estaban llenos de chapas e imperdibles, o pintarrajeados. Su camiseta de rayas resaltaba los músculos de sus brazos, abiertos y listos para ahogarme en un “Oso-Boa”, un apretón estrangulador al que yo había bautizado. Le devolví el abrazo sonriendo, y soporté que me revolviera el pelo con aire indulgente.
-Estás casi como siempre, Clara. Siempre con esa mueca tan rara en los labios- observó tras haberse separado de mí y haberme hecho una radiografía completa. Pronuncié más la mueca rara, que decía él, y luego me reí quedamente.
-Te diría que has crecido, pero es que iría en contra de las leyes de la Ciencia- dije cruzándome de brazos. Sam me había sacado, desde siempre, una cabeza larga, y eso me acomplejaba muchísimo. Ahora, la cabeza se había convertido en cabeza y media. No había derecho.
-No. Es que he crecido- se burló él, mientras apoyaba la mano en su Ninja Kawasaki. Se supone que esas motos tienen que ser verdes insecto, como la mantis religiosa de esa película de Disney, Bichos. Pero no, la moto de mi amigo era de un reluciente color negro, y había dibujado llamas cerca de la rueda trasera.
-Pero tío, ¿qué le has hecho a tu burra?- pregunté incrédula, mirándola desde todos los ángulos. ¡Qué pasada! ¡Esa moto era digna del más duro de los rockeros!
-¿No te gusta? Pero ¿qué clase de heavy eres tú, niña?- rió. Lo miré con gesto ofendido.
-Claro que me gusta, pero para eso mejor te comprabas directamente una Harley.
-No digas tonterías, ¿sabes el dineral que vale una de ésas?
-Me hago una idea- dije con un encogimiento de hombros. Él abrió la boca para reírse o para replicar, pero sus labios se convirtieron en una línea fina, con expresión incómoda y de desconcierto. Sus ojos no se fijaban ni en mí ni en su moto. Me di la vuelta para ver qué atraía su atención de esa manera.
Mi ángel pálido y de pelo negro se apoyaba contra una pared de piedra, los brazos cruzados sobre el pecho, componiendo una postura insolente. Él sí que miraba la moto, o a mí, pero lo ignoré. Me había resignado. Me lo había prometido a mí misma. Nada de fantasear, nada de creer mentiras y quimeras. Tiré a Sam de la camiseta, devolviéndolo a la Tierra.
-¿Quién es ése que te mira?- inquirió con curiosidad, casi con recochineo. Mierda. Así que me contemplaba a mí.
-Ni idea- dije con sinceridad.- Oye, tenemos que montar las cosas y eso, vamos- urgí. Mi amigo asintió, aún con la mueca burlona en los labios, y se montó en el flamante y restaurado vehículo tras ponerse su casco y entregarme a mí otro de color negro. Yo me hice hueco entre él y las cosas del camping, rodeé su cintura con los brazos y lo insté a darle caña. Con un rugido ensordecedor, la moto arrancó y nos llevó fuera del pueblo a toda velocidad. De nuevo, los ojos negros de mi ser celestial anónimo nos siguieron, sólo que esta vez la expresión era de desprecio y yo sí que había sido consciente.
A las ocho, Sam y yo estábamos tumbados sobre una vieja manta, contándonos cosas de nuestro primer curso en otro colegio, y sobre el verano. Había traído litros y litros de café y Coca-Cola, so pretexto de mantenernos despiertos hasta la madrugada, hora a la que la lluvia de estrellas era más visible. La noche en la que caían las Lágrimas de San Lorenzo era, en mi opinión, la más mágica del año. Y poder compartirla con mi mejor amigo la hacía, además, muy divertida.
Tras un rato de silencio, él decidió tocarme un poco las narices.
-¿De verdad que no sabes quién era ése chico?
-No, Sam, no sé cómo se llama. Lo he visto otros años, pero nunca hemos hablado- dije cortante. Rogué con mi alma que la conversación sobre mi ángel sin nombre terminase allí, pero Sam no parecía ser de la misma opinión.
-Pues te miraba mucho, que lo sepas. Yo que tú me andaría con ojo, no vaya a ser que intente… Cosas (////)
Estuve tentada de tirarle la Coca-Cola de mi vaso, pero la necesitaba. Le dediqué un gruñido con todo mi amor y bebí un trago.
Las horas pasaron. Yo me dormí, pero, a las tres de la madrugada, mi amigo me despertó con un toquecito en el brazo.
-Abre los ojos… Es la hora- susurró en mi oído. Me incorporé despacito y sin prisa, y volví los ojos al cielo. Miles y miles de estrellas fugaces parecían hacer carreras en el negro firmamento. La Vía Láctea se definía claramente, y las estrellas estáticas aumentaban la belleza del momento. En mi fuero interno, ya que sólo lo admitiría allí, hubiera deseado que no fuera Sam quien estuviera a mi lado para compartirlo, que fuera… “Para ya, joder” pensé para mí misma.
-¿Estás pidiendo deseos?- inquirió Sam, interesado.
-No. Nunca se me cumplen.
-Será porque no lo haces bien.
-¿Se te cumplen a ti, acaso?
-Mírame- pidió de repente con la voz cargada de fogosidad. Alarmada, giré la cabeza para hacer lo que me decía. Uo, un momento, ¿cuándo se había puesto tan cerca? Él sonrió, complacido.
-Ya se me ha cumplido uno- dijo, apartándose un poco. Yo volví a respirar de forma normal y fruncí el ceño.
-No digas tonterías, Sam- farfullé, volviendo a mirar al cielo. Él se rió.
-Vamos, prueba. Sólo uno. Pero hazlo bien.
-¿Y cómo lo hago bien, listo?
-Ten fe en lo que pides.
Vamos, ya lo que me faltaba. Fe. Increíble. No estaba para chorradas, nunca lo estaba, pero por no oírle, me concentré al máximo, pensando a la vez: “Menuda estupidez” y “Que se cumpla el más desesperado deseo de mi corazón”. Notaba cómo el segundo pensamiento vencía al primero, así que clavé los ojos suplicantes en las estrellas. Una especialmente brillante cruzó el cielo, dejando tras de sí una estela de fuego, como un auténtico cometa. Quise creer que eso significaba que mi deseo se vería cumplido.
Tras una hora viendo caer estrellas, Sam y yo nos dormimos. A las diez de la mañana, mi móvil con el We Will Rock You sonó, despertándonos a ambos con un respingo.
-¿Quién narices es?- preguntó la voz somnolienta de Sam. Oí cómo su cuerpo volvía a caer sobre la hierba, con un resoplido de fastidio.
-Mi madre- descolgué el móvil y me lo puse en la oreja.- ¿Hola?
-¿Clara? ¿Dónde estáis?
-En el prado aún, mamá. ¿Por?
-Bueno, volved ya. Samuel tiene que irse- y colgó. Me quedé mirando la pantalla del móvil con desconcierto.
-¿Qué te cuenta tu vieja?- preguntó Sam, incorporándose para verme mejor.
-Que nos vayamos ya, que tenéis que iros- dije, guardando el móvil en la mochila. La verdad es que yo estaba deseando irme. Necesitaba una ducha de agua bien caliente con urgencia. Con un suspiro resignado, Sam accedió a mover el culo y marcharnos. Cuando me dejó delante de casa, me besó en la frente.
-Hasta pronto, Clara. Ha sido estupendo volver a verte. Espero que tu deseo se cumpla- sonrió y aceleró para largarse a Biescas en moto.
-Yo también lo espero- murmuré tras haber bajado la mano con la que lo había despedido.
jueves, 22 de abril de 2010
Ángel sin Nombre (Prólogo)
Suspiré. Mamá sabía muy bien que no me gustaba ir al pueblo en verano. Lo sabía. Y ahí estaba yo, sentada en el asiento delantero del coche con mis nueve cochinos años, protestando.
-Basta ya, Clara. No sé por qué no te gusta estar en un ambiente con montañas, rodeada de naturaleza, aire limpio, puro y...- la dejé con su perorata.
No quería volverle a replicar que en ese pueblo no había libros, que la tele estaba hecha un asco y que, además, no había Internet.
Al menos tenía el aliciente de que mis primas iban a venir también...
Miré sin interés los banderines que había colgados debido a las fiestas. Lo único que me vino a la cabeza fue que, como todos los años, la charanga me iba a despertar, a mí, en mis deliciosas y no madrugadoras vacaciones de verano... "Felices Fiestas", decían. ¬__¬... Ésa fue exactamente la cara que puse.
Llegamos al fin. Ahí se alzaba el bloque de apartamentos, con unas montañas nevadas a pesar de la estación. Bajé las maletas del coche y me encaminé al ascensor. El short me daba calor. Se pegaba demasiado a la piel, y además, era rosa. Odio el rosa. Me dije a mí misma que me cambiaría nada más llegar arriba, y con esa ilusión, salí al rellano para ir a nuestro piso. Miré con repulsa la arañita que colgaba de un barrote.
-Mamáaaaaa, abreeeeeee...- la llamé. Me miró mal, y abrió la puerta de madera. Entré a mi cuarto, pequeño y formado por cuatro literas. Odioso. Dejé la maleta sobre una de las camas y me cambié, poniéndome los shorts vaqueros y una camiseta verde.
Comimos. Mi madre suspiró exasperada ante mi ceño fruncido continuamente, y ni siquiera Los Simpson me distraían. Eran capítulos viejos, de las primeras temporadas, ésas en las que los personajes son deformes y tienen voces amorfas.
Mis primas y mi tío recién divorciado llegaron a las cuatro.
María, un año menor que yo, me saludó con un entusiasmo que a mí me ponía de los nervios. Rayaba la reverencia. Vale que me tuviera admiración, por mi pelo rubio, mi carita pecosa, y además, porque yo era más alta. Pero tanta...
-María, Lucía, vámonos al parque, anda...- sugerí. Asintieron, y Lucía cogió su pelota de plastiquete barato.
En el camino que lleva al parque no dije nada. María me habló del colegio, sus profesores, una chica que se seguía sacando los mocos...
En la entrada fue cuando lo vi. Se me cortó la respiración, y me puse pálida debajo de las pecas, que empezaban a desaparecer.
Era moreno, tenía el pelo muy, muy negro. Alto, la piel pálida, la cara angulosa. Vestía una camiseta de Hilfiger, y unos pantalones pesqueros muy cómodos para lo que estaba haciendo: jugar a pillarse con un amigo rapado.
En todo eso me fijé mientras María me arrastraba hasta la caseta que había en el parque. Me hizo un interrogatorio improvisado, durante el cual recuperé la cordura y el aire.
Los volví a perder en cuanto entró corriendo y riéndose. Se quedaron quietos, y me miró. Los ojos, negros también, escrutaron los míos, marrones, con curiosidad. No pude pronunciar palabra, salvo esta estupidez:
-Esto... Y así es como se hacen los bebés.
Se rió, por supuesto. Y yo me quise morir de vergüenza, si bien pensé que aquella risa era el más celestial de los sonidos. Tan de pronto como habían entrado, los dos muchachos salieron de la caseta.
-Clara... ¿Clara? ¡Clara!- me llamó María, pasando la mano abierta delante de mí. Sacudí la cabeza.
-¿Hmm? ¿De qué hablábamos?- pregunté, más en la Luna que allí.
-Tú de bebés, no sé qué mosca te ha picado, aunque ha sido ingenioso...- me miró de la única manera que sabía: admirada.- Oye, ¿era guapo, verdad? El moreno de pelo largo...- dijo con voz insinuante.
Reprimí el infantil impulso de gritar que era mío, mío y mío, que no se le ocurriera ni mirarlo. Asentí despacio, aún con la mente divagando en ésos ojos oscuros, curiosos... Mágicos.
Tras un rato, decidimos salir. Yo albergaba la esperanza de que mi madre nos llevara a la piscina, pero el cuadro con el que me encontré era muy distinto: cabezudos.
Cabezudos en el parque.
Tragué saliva y María chilló encantada. Aún ahora sigo pensando que esta chica es algo masoquista.
¿Qué podía hacer? Uno de ellos, tal vez el menos querido por mí, el Payaso, se nos iba acercando. Como si nuestra vida dependiera de ello, le susurré a mi eterna compañera:
-Corre como alma que lleva el diablo.
Y eso hizo ella. El cabezudo, bajo la enorme protuberancia de encima de su cuello, se echó a reír, y agitó el palo que llevaba para azotar. Yo aún conservaba las cicatrices del año pasado, accidentales, y hechas por la misma persona, estoy segura. Lentamente, me eché hacia atrás, sin ser consciente de que me estaba arrinconando el la pared.
-¿No corres, rubita?- me preguntó debajo de su enorme máscara.
-Ya no puedo- respondí, al ver que, efectivamente, no tenía escapatoria.
Entonces, sucedió un milagro: uno de los caramelos que repartían en esas cabalgatas le golpeó en la cabeza, lo tambaleó y lo hizo caer. Aliviada, lo rodeé, teniendo buen cuidado de reírme como niña que era, cogiendo el palo y partiéndolo por la mitad.
En mi dicha infantil, por este hecho yo me creía una heroína; al poco recordé el caramelo, y busqué por todas partes a mi salvador.
Lo único que vi fue una pierna cubierta por un pesquero verde y unas deportivas negras.
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Esa noche, en la verbena, me limité a observar a mi familia sentada en el banco de la plaza. No podía decir quién hacía más el tonto: si mi tío bailando el "Aserejé" con Lucía, o mi madre y María en el mismo baile, pero por separado.
No me sentía con ganas de ponerme en ridículo.
Mi pensamiento aún vagaba en esa cara pálida y angelical, ese rostro suave y a la vez definido, esos ojos intensos y oscuros, ése pelo, negro como una noche sin estrellas. Y, en alguna parte de mi cabeza que aún guardaba racionalidad, me acordaba del detalle de que me había salvado... Vale, de la tunda de un cabezudo de pueblo, pero un salvamento es un salvamento.
Tan sólo pensaba en volver a perderme en esa cara... Tan sólo quería volver a escuchar esa risa. Quería saber su nombre, para ensalzarlo y componerle una canción, dedicarle un poema... Necesitaba saber el nombre de ese niño.
martes, 13 de abril de 2010
Ji-Obdu
Sin embargo, ahora yo debería ser la más gorda del mundo, con las manos manchadas de sangre y tinta, sobre el cuerpo que no late más. No ve, no oye, no saborea, no respira. Debería haberle cortado la cabeza y haberla arrojado a mi pueblo, que grita furioso en el fragor de una batalla que debería haber acabado hace rato. Y aún con todo, la cabeza de mi enemigo sigue unida a su cuerpo; sus ojos, verdes, miran sin realmente ser conscientes de que lo hacen. De su boca perfecta sale un hilillo de sangre oscura, al igual que de su pecho, donde una profunda herida delata el crimen que he cometido contra la persona que más me importa.
miércoles, 7 de abril de 2010
Tightrope II
martes, 6 de abril de 2010
Tightrope I
On a day that was supposed to have been hot, it rained. A flood of black, crowded under the trees of the cemetery Père-Lachaise looking at a fixed point. I felt the target of all eyes, the target to which they were pointing. I knew I was not, in fact, they observed that the tomb had pricked at my feet. A tomb just swallowed and carried into the bowels of earth the body of my father, Jean-Baptiste Murnier. The coffin had lowered with its corresponding slow, lengthening the agony that pierced me from head to feet. Everything had gone as was supposed to go on a funeral. So there had been a priest reading the Bible. But, I thought angrily, my father was not a believer. In any case, the same had been promised arrival reincarnation or Nirvana. But no. He had been buried as something he was not, and so had always lived. Just me, her innocent daughter with the looks of a Yankee knew him deeply. He said it often.
> ">"You are the mirror of my soul, Cécile" and then smiled tired, closing his eyes and sighing as if he had seen too much in one day.
I saw that people wanted to approach me and slapped the condolences back, as if I need it. Oh no. I had enough with the sadness my father had forbidden me to keep in my heart. I would endure it alone. Given the open mouths of all friends or acquaintances of the dead man, I ran away from the cemetery. As if he agreed with my tortured legs until I couldn't feel anymore, my career continued until I stopped off there on the Pont Royal. Thunder drowned my desperate cry, but passersby who saw me make the gesture of throwing the intestines through the mouth openly declared that I was crazy. I leaned on the old infrastructure, crying, with raindrops mingled with my tears.
For a while, I was not aware of anything, anyone, until someone put a hand on my shoulder. I interrupted my string of rude words and stopped expressing my opinion about the shit that was life, before looking up head. His blue eyes ... How could anyone forget them. He handed me a handkerchief with his gloved hand. He was like a character in the forties, with long raincoat.
- Are you okay? - Asked as I picked up the handkerchief. But if I would have been offered a branch of thorns, had accepted the same.