sábado, 1 de mayo de 2010

Slut {+18}

Los jadeos y los gemidos vuelan por la habitación como mariposas volando por el campo. En alguna radio lejana suena una canción de Beyoncé, Single Ladies, me parece. No sé. Lleva mucho rato reproduciendo música que ya no conozco, porque no soy dueña de mí misma. Ni de mi respiración, ni de mi piel, ni nada. Sólo sé algo: que no debo dejar de moverme, porque si lo hago, pasarán cosas horribles. La más horrible será que dejaré de sentir este extraño placer que me recorre de arriba abajo, que atraviesa mis venas, que me electriza. Mi acompañante, me agrada saberlo, sufre los mismos síntomas que yo: vello erizado, sudor frío en la frente, garganta seca que sólo deja escapar suspiros y algún que otro grito contenido. Ni siquiera sé cómo se llama.

En alguna recóndita parte de mi cerebro, aún hay un mínimo de consciencia que me dice: "¿Qué estás haciendo, loca?". Pero es que me lo ha dicho ya tantas veces, que me pregunto si valdrá la pena hacerle caso...

Algo sucede. ¿Qué me pasa? Aún no he terminado, todavía me queda mucho que dar, yo tengo fama de tener aguante. ¿Fama entre quién? Entre los chicos del instituto, por supuesto, ¿qué os pensabais? ¿Que soy una de esas mojigatas de un solo novio para toda la vida? No, queridos, no. Yo tengo talento para proporcionar placer, y no voy a esconderlo...

Las manos del chico aferran mis caderas, que, curiosamente ya no se mueven. Grita, pero no es de gusto que le estoy haciendo sentir. En su cara hay un espasmo de horror. Me aparta de sí y me tumba a su lado. ¿Qué le ocurre? ¿Ahora le da por ponerse romántico? Pone su mano en mi cuello y mi muñeca. ¿Es un nuevo ritual de excitación? No sé, el tío es mayor que yo. Intento dibujar una sonrisa para incitarlo a continuar, pero mis músculos no responden a la orden de mi ahogado cerebro. Intento parpadear, pero ya no tengo ni voz ni voto en mi cuerpo.

Y me veo tendida en la cama, desnuda, pálida, vulnerable. Oh, Dios. Quiero chillar, pero ya no saldrán más sonidos de mi garganta.

Estoy muerta.

¿Cómo ha empezado todo esto?

Ángel sin Nombre (Capítulo I)

Siete años después, pensaba que aquél había sido, probablemente, el mejor verano de mi vida. El viaje a Italia había ido como si lo hubiera controlado alguien como en Los Sims, y los pocos días en Zaragoza estuvieron llenos de risas y de diversión. Ahora, de nuevo en el coche camino al pueblo, con Simple Plan a todo meter a falta de algo mejor (ya veis lo mal que estaba de CDs como para escuchar un grupo emo...) y para no oír a mi madre.

Faltaban aún dos días para que empezaran las fiestas de forma oficial. Era el día 11 de Agosto, mi santo, y Cristina, la mejor amiga de mi madre, decidió (sin que nadie se lo pidiera) invitarnos a tomar algo. Tapear. En mi pueblo. Chupi. La verdad es que hacer tal cosa en un sitio tan pequeño es difícil. No es precisamente que los locales tengan mucho glamour, pero en fin. Es lo que hay.

En vista de que iba a tener que pasar al menos dos horas fingiendo estar contenta y ocultando mi impaciencia, me puse lo más normal que tenía: una camiseta negra (cómo no) y unos piratas rojos, esos que mamá decía que me hacían un tipo tan bonito. Vale, si le hacía ilusión… Los zapatos blancos de calaveras me hacían daño. Iba a tener que jubilarlos. “Oh, qué pena…” pensé con sarcasmo. Pasé de intentar peinarme el pelo corto. Me gustaba suelto y salvaje, cada mechón a donde le diera la gana apuntar.

-¡Clara, vamos!- me apremió mi madre. Con un último suspiro resignado, salí a la tarde soleada. Bajando por la cuesta hacia el E-Cate, el local más de moda del pueblo, veía niños gritando y lanzándose tiros de agua con sus pistolitas de plástico. Los padres, con jetos de mortificación, los seguían a distancia. Inevitablemente, los abuelos del lugar paseaban calle arriba, calle abajo, haciendo comentarios sobre las jóvenes que cuchicheaban sobre dónde iban a meter la priva aquel año. Puse los ojos en blanco. Yo, a mis dieciséis años, no sentía la necesidad de emborracharme para pasármelo bien. De hecho, no me gustaba el alcohol. La única bebida que se salvaba era el Bailey’s, y la tomaba muy de ciento a viento. Para cuando me quise dar cuenta, ya me habían sentado en una de esas sillas de hierro que pretenden ser brillantes y bonitas. Qué ilusas.

Apoyé la cara en la palma de la mano, perdiéndome en mis pensamientos al ver que mi madre y su amiga se enfrascaban en una conversación sobre reformas. El bricolaje no me gusta, nunca me ha gustado; le cogí manía por una serie de Tim Allen, actor al que detesto profundamente. Casi no sabía lo que hacía cuando pinchaba el pequeño tenedor en las papas bravas con distintas salsas (rosa, barbacoa, mostaza de Dijon y mostaza dulce) y no me daba cuenta en absoluto cuando tenía que beber la Coca-Cola.

-Así que, este año, y luego ya… A la Universidad, ¿no, Clara?- me sacó de mi mundo la voz de Cristina. ¿Cuándo habían terminado de hablar sobre colores de puertas y ventanas oscilo batientes? Asentí despacio con la cabeza. No es que hablar me entusiasme precisamente, me comunico mejor con gestos o escribiendo. Pero tampoco es plan de llevar una libreta a todos lados, la gente pensaría que soy muda…

-Se va a ir a Madrid, a la Universidad Autonómica- dijo mi madre con orgullo contenido.

-No te emociones, mamá- murmuré yo, incómoda. Pensar en el futuro me hacía sentirme bastante rara, como con miedo.

-¿Por qué lo dices?

-Me queda todo el segundo año, y luego aprobar la Selectividad- expliqué sin elevar el tono de voz.

Volvieron a ponerse rollo marujas a hablar de las posibilidades mentales de mi persona. Harta, ya que estaba poniéndome nerviosa a medida que los minutos pasaban, alegué que me dolía la cabeza y me fui a casa. Subiendo la cuesta, el corazón se me paró. Latió un segundo y volvió a pararse. Luego recuperó el ritmo de forma increíble, iba como un Ferrari de carreras.

Ahí estaba. Alto, desgarbado, moreno y pálido, tal como yo lo recordaba. Los últimos siete veranos nos habíamos visto cada año más crecidos el uno al otro. Pero en ninguno me dirigió la palabra, y yo a él, menos. La timidez me vencía cada vez que me lo cruzaba, y, cuando parecía determinada a hacer de tripas corazón y murmurar “hola”, él ya se había aferrado a un amigo, a su hermano o a su móvil. Genial. Yo me cabreaba con él en mi fuero interno, por no ponerme las cosas facilitas. “¿Así cómo quiere que empecemos una conversación?” me decía, enfadada. Inmediatamente, una voz algo más conciliadora, decía que era muy probable que él no quisiera iniciar conversación alguna. Yo ya me había dado cuenta al año siguiente de haberlo visto por primera vez en mi vida, pero me había negado a aceptarlo hasta el verano pasado. Entonces, la obstinación se tornó en resignación; cuando mi máximo interés cada mañana era verlo el mayor número de veces posible hasta entonces, ahora era indiferencia. Me lo cruzaba, y ni lo miraba.

Como esta vez.

Pasé de largo, con los ojos fijos en la muy poco interesante señal de “Reduzca velocidad”. No lo miré, controlé el sonrojo de mis mejillas, ni siquiera hice ademán de volver la cabeza en su dirección fingiendo que observaba otra cosa. Iba tan concentrada en no mostrar ni un ápice de sentimientos que no me di cuenta de que él sí que se giraba a mirarme, con expresión incrédula en la cara.

-Buddy you’re a boy making big noise playin’ in the street gonna be a big man someday…- el We Will Rock You, Queen, de mi móvil me sobresaltó. Lo saqué del bolsillo de los piratas rojos, deteniéndome en frente del Copos, un bar-restaurante que era como una especie de gasolinera americana donde tienen de todo. Miré la pantalla.

Sam. Me llamaba Sam. Samuel era un amigo mío de la Secundaria. Pero yo creía que, junto con todos los demás, no querría volver a tener contacto conmigo en su vida, de lo cual me alegraba mucho.

-¿Hola?- dije, una vez me convencí de que no era una llamada errónea.

-¿Clara? Soy Sam- me contestó su voz al otro lado de la línea, una voz tan de adolescente que a mí me hacía reír. Esta vez me controlé y, en lugar de soltar una carcajada sin venir a cuento, me limité a sonreír.

-Ya, te he visto en la pantalla. ¿Cómo te va?- me senté en unas escaleras de piedra, ya que intuía que iba para largo.

-Muy bien, muy bien. ¿Tú cómo estás?

-De coña. ¿Cómo es que me llamas?

-¿No puedo llamar a una vieja amiga o qué?

-Eh, eh, de vieja nada, que te recuerdo que tu cumpleaños es antes que el mío.

Él rió en mi oído, el sonido distorsionado por el micro del teléfono.

-Estoy en Biescas. ¿Me equivoco al pensar que tú estás arriba en Panticosa?

-No, estás en lo cierto.

-¿Qué te parece que nos veamos? Tengo entendido que la lluvia de estrellas fugaces es esta noche. ¿Hace una acampada? Tengo la moto aquí.

Me quedé clavada en mi asiento. ¿Ver a Sam? ¿Tras un año entero sin tener señales de vida suyas, excepto los mensajes de móvil y el chateo por el Messenger?

-¿Clara?

-Ummm... Sí, claro, si no te va mal… Igual quieres estar con tus hermanos o con tus amigos…

-Tú eres mi amiga y llevo un año sin verte. ¿Tan mal te parece?

-No, no. Nos vemos esta noche. Me llamas, ¿vale?

-Bien. Hasta luego.

-Hasta huevo- me despedí como solía hacer. Bajé la tapa del teléfono y me lo volví a meter al bolsillo mientras subía las pequeñas escaleras hasta la cuesta que daba al conocido bloque de apartamentos.

No me dí cuenta de que dos ojos negros como la tinta seguían mis pasos de forma intensa.

Dos horas después, yo convencía a mis primas de que no, no podían venir conmigo a ver a mi amigo. Les cerré la puerta de su casa poniendo los ojos en blanco mientras caminaba a paso ligero por la galería hasta salir a la calle soleada. Los veranos en la montaña son increíbles. Hace sol, y calor, pero nunca en exceso. Metí las manos en los bolsillos de los piratas rojos mientras sorteaba coches para pasar a la calle principal. Las campanas de la iglesia dieron las cinco y media. Sam debería estar ya allí, si era puntual, cosa muy inusual en él. Pero estaba preparada para la espera. En mi bolso de Pesadilla Antes de Navidad había metido la Metal Hammer, por si tenía que entretenerme con algo. Aunque la revista para heavys no me hizo falta alguna. Sam estaba allí, alto y con el pelo castaño más rizado que nunca. Vestía unos vaqueros oscuros, parecidos a los que yo guardaba en mi armario de Zaragoza, solo que los míos estaban llenos de chapas e imperdibles, o pintarrajeados. Su camiseta de rayas resaltaba los músculos de sus brazos, abiertos y listos para ahogarme en un “Oso-Boa”, un apretón estrangulador al que yo había bautizado. Le devolví el abrazo sonriendo, y soporté que me revolviera el pelo con aire indulgente.

-Estás casi como siempre, Clara. Siempre con esa mueca tan rara en los labios- observó tras haberse separado de mí y haberme hecho una radiografía completa. Pronuncié más la mueca rara, que decía él, y luego me reí quedamente.

-Te diría que has crecido, pero es que iría en contra de las leyes de la Ciencia- dije cruzándome de brazos. Sam me había sacado, desde siempre, una cabeza larga, y eso me acomplejaba muchísimo. Ahora, la cabeza se había convertido en cabeza y media. No había derecho.

-No. Es que he crecido- se burló él, mientras apoyaba la mano en su Ninja Kawasaki. Se supone que esas motos tienen que ser verdes insecto, como la mantis religiosa de esa película de Disney, Bichos. Pero no, la moto de mi amigo era de un reluciente color negro, y había dibujado llamas cerca de la rueda trasera.

-Pero tío, ¿qué le has hecho a tu burra?- pregunté incrédula, mirándola desde todos los ángulos. ¡Qué pasada! ¡Esa moto era digna del más duro de los rockeros!

-¿No te gusta? Pero ¿qué clase de heavy eres tú, niña?- rió. Lo miré con gesto ofendido.

-Claro que me gusta, pero para eso mejor te comprabas directamente una Harley.

-No digas tonterías, ¿sabes el dineral que vale una de ésas?

-Me hago una idea- dije con un encogimiento de hombros. Él abrió la boca para reírse o para replicar, pero sus labios se convirtieron en una línea fina, con expresión incómoda y de desconcierto. Sus ojos no se fijaban ni en mí ni en su moto. Me di la vuelta para ver qué atraía su atención de esa manera.

Mi ángel pálido y de pelo negro se apoyaba contra una pared de piedra, los brazos cruzados sobre el pecho, componiendo una postura insolente. Él sí que miraba la moto, o a mí, pero lo ignoré. Me había resignado. Me lo había prometido a mí misma. Nada de fantasear, nada de creer mentiras y quimeras. Tiré a Sam de la camiseta, devolviéndolo a la Tierra.

-¿Quién es ése que te mira?- inquirió con curiosidad, casi con recochineo. Mierda. Así que me contemplaba a mí.

-Ni idea- dije con sinceridad.- Oye, tenemos que montar las cosas y eso, vamos- urgí. Mi amigo asintió, aún con la mueca burlona en los labios, y se montó en el flamante y restaurado vehículo tras ponerse su casco y entregarme a mí otro de color negro. Yo me hice hueco entre él y las cosas del camping, rodeé su cintura con los brazos y lo insté a darle caña. Con un rugido ensordecedor, la moto arrancó y nos llevó fuera del pueblo a toda velocidad. De nuevo, los ojos negros de mi ser celestial anónimo nos siguieron, sólo que esta vez la expresión era de desprecio y yo sí que había sido consciente.

A las ocho, Sam y yo estábamos tumbados sobre una vieja manta, contándonos cosas de nuestro primer curso en otro colegio, y sobre el verano. Había traído litros y litros de café y Coca-Cola, so pretexto de mantenernos despiertos hasta la madrugada, hora a la que la lluvia de estrellas era más visible. La noche en la que caían las Lágrimas de San Lorenzo era, en mi opinión, la más mágica del año. Y poder compartirla con mi mejor amigo la hacía, además, muy divertida.

Tras un rato de silencio, él decidió tocarme un poco las narices.

-¿De verdad que no sabes quién era ése chico?

-No, Sam, no sé cómo se llama. Lo he visto otros años, pero nunca hemos hablado- dije cortante. Rogué con mi alma que la conversación sobre mi ángel sin nombre terminase allí, pero Sam no parecía ser de la misma opinión.

-Pues te miraba mucho, que lo sepas. Yo que tú me andaría con ojo, no vaya a ser que intente… Cosas (////)

Estuve tentada de tirarle la Coca-Cola de mi vaso, pero la necesitaba. Le dediqué un gruñido con todo mi amor y bebí un trago.

Las horas pasaron. Yo me dormí, pero, a las tres de la madrugada, mi amigo me despertó con un toquecito en el brazo.

-Abre los ojos… Es la hora- susurró en mi oído. Me incorporé despacito y sin prisa, y volví los ojos al cielo. Miles y miles de estrellas fugaces parecían hacer carreras en el negro firmamento. La Vía Láctea se definía claramente, y las estrellas estáticas aumentaban la belleza del momento. En mi fuero interno, ya que sólo lo admitiría allí, hubiera deseado que no fuera Sam quien estuviera a mi lado para compartirlo, que fuera… “Para ya, joder” pensé para mí misma.

-¿Estás pidiendo deseos?- inquirió Sam, interesado.

-No. Nunca se me cumplen.

-Será porque no lo haces bien.

-¿Se te cumplen a ti, acaso?

-Mírame- pidió de repente con la voz cargada de fogosidad. Alarmada, giré la cabeza para hacer lo que me decía. Uo, un momento, ¿cuándo se había puesto tan cerca? Él sonrió, complacido.

-Ya se me ha cumplido uno- dijo, apartándose un poco. Yo volví a respirar de forma normal y fruncí el ceño.

-No digas tonterías, Sam- farfullé, volviendo a mirar al cielo. Él se rió.

-Vamos, prueba. Sólo uno. Pero hazlo bien.

-¿Y cómo lo hago bien, listo?

-Ten fe en lo que pides.

Vamos, ya lo que me faltaba. Fe. Increíble. No estaba para chorradas, nunca lo estaba, pero por no oírle, me concentré al máximo, pensando a la vez: “Menuda estupidez” y “Que se cumpla el más desesperado deseo de mi corazón”. Notaba cómo el segundo pensamiento vencía al primero, así que clavé los ojos suplicantes en las estrellas. Una especialmente brillante cruzó el cielo, dejando tras de sí una estela de fuego, como un auténtico cometa. Quise creer que eso significaba que mi deseo se vería cumplido.

Tras una hora viendo caer estrellas, Sam y yo nos dormimos. A las diez de la mañana, mi móvil con el We Will Rock You sonó, despertándonos a ambos con un respingo.

-¿Quién narices es?- preguntó la voz somnolienta de Sam. Oí cómo su cuerpo volvía a caer sobre la hierba, con un resoplido de fastidio.

-Mi madre- descolgué el móvil y me lo puse en la oreja.- ¿Hola?

-¿Clara? ¿Dónde estáis?

-En el prado aún, mamá. ¿Por?

-Bueno, volved ya. Samuel tiene que irse- y colgó. Me quedé mirando la pantalla del móvil con desconcierto.

-¿Qué te cuenta tu vieja?- preguntó Sam, incorporándose para verme mejor.

-Que nos vayamos ya, que tenéis que iros- dije, guardando el móvil en la mochila. La verdad es que yo estaba deseando irme. Necesitaba una ducha de agua bien caliente con urgencia. Con un suspiro resignado, Sam accedió a mover el culo y marcharnos. Cuando me dejó delante de casa, me besó en la frente.

-Hasta pronto, Clara. Ha sido estupendo volver a verte. Espero que tu deseo se cumpla- sonrió y aceleró para largarse a Biescas en moto.

-Yo también lo espero- murmuré tras haber bajado la mano con la que lo había despedido.

jueves, 22 de abril de 2010

Ángel sin Nombre (Prólogo)

Suspiré. Mamá sabía muy bien que no me gustaba ir al pueblo en verano. Lo sabía. Y ahí estaba yo, sentada en el asiento delantero del coche con mis nueve cochinos años, protestando.
-Basta ya, Clara. No sé por qué no te gusta estar en un ambiente con montañas, rodeada de naturaleza, aire limpio, puro y...- la dejé con su perorata.
No quería volverle a replicar que en ese pueblo no había libros, que la tele estaba hecha un asco y que, además, no había Internet.

Al menos tenía el aliciente de que mis primas iban a venir también...

Miré sin interés los banderines que había colgados debido a las fiestas. Lo único que me vino a la cabeza fue que, como todos los años, la charanga me iba a despertar, a mí, en mis deliciosas y no madrugadoras vacaciones de verano... "Felices Fiestas", decían. ¬__¬... Ésa fue exactamente la cara que puse.
Llegamos al fin. Ahí se alzaba el bloque de apartamentos, con unas montañas nevadas a pesar de la estación. Bajé las maletas del coche y me encaminé al ascensor. El short me daba calor. Se pegaba demasiado a la piel, y además, era rosa. Odio el rosa. Me dije a mí misma que me cambiaría nada más llegar arriba, y con esa ilusión, salí al rellano para ir a nuestro piso. Miré con repulsa la arañita que colgaba de un barrote.
-Mamáaaaaa, abreeeeeee...- la llamé. Me miró mal, y abrió la puerta de madera. Entré a mi cuarto, pequeño y formado por cuatro literas. Odioso. Dejé la maleta sobre una de las camas y me cambié, poniéndome los shorts vaqueros y una camiseta verde.

Comimos. Mi madre suspiró exasperada ante mi ceño fruncido continuamente, y ni siquiera Los Simpson me distraían. Eran capítulos viejos, de las primeras temporadas, ésas en las que los personajes son deformes y tienen voces amorfas.

Mis primas y mi tío recién divorciado llegaron a las cuatro.
María, un año menor que yo, me saludó con un entusiasmo que a mí me ponía de los nervios. Rayaba la reverencia. Vale que me tuviera admiración, por mi pelo rubio, mi carita pecosa, y además, porque yo era más alta. Pero tanta...
-María, Lucía, vámonos al parque, anda...- sugerí. Asintieron, y Lucía cogió su pelota de plastiquete barato.
En el camino que lleva al parque no dije nada. María me habló del colegio, sus profesores, una chica que se seguía sacando los mocos...

En la entrada fue cuando lo vi. Se me cortó la respiración, y me puse pálida debajo de las pecas, que empezaban a desaparecer.
Era moreno, tenía el pelo muy, muy negro. Alto, la piel pálida, la cara angulosa. Vestía una camiseta de Hilfiger, y unos pantalones pesqueros muy cómodos para lo que estaba haciendo: jugar a pillarse con un amigo rapado.

En todo eso me fijé mientras María me arrastraba hasta la caseta que había en el parque. Me hizo un interrogatorio improvisado, durante el cual recuperé la cordura y el aire.
Los volví a perder en cuanto entró corriendo y riéndose. Se quedaron quietos, y me miró. Los ojos, negros también, escrutaron los míos, marrones, con curiosidad. No pude pronunciar palabra, salvo esta estupidez:
-Esto... Y así es como se hacen los bebés.

Se rió, por supuesto. Y yo me quise morir de vergüenza, si bien pensé que aquella risa era el más celestial de los sonidos. Tan de pronto como habían entrado, los dos muchachos salieron de la caseta.
-Clara... ¿Clara? ¡Clara!- me llamó María, pasando la mano abierta delante de mí. Sacudí la cabeza.
-¿Hmm? ¿De qué hablábamos?- pregunté, más en la Luna que allí.
-Tú de bebés, no sé qué mosca te ha picado, aunque ha sido ingenioso...- me miró de la única manera que sabía: admirada.- Oye, ¿era guapo, verdad? El moreno de pelo largo...- dijo con voz insinuante.
Reprimí el infantil impulso de gritar que era mío, mío y mío, que no se le ocurriera ni mirarlo. Asentí despacio, aún con la mente divagando en ésos ojos oscuros, curiosos... Mágicos.

Tras un rato, decidimos salir. Yo albergaba la esperanza de que mi madre nos llevara a la piscina, pero el cuadro con el que me encontré era muy distinto: cabezudos.
Cabezudos en el parque.
Tragué saliva y María chilló encantada. Aún ahora sigo pensando que esta chica es algo masoquista.
¿Qué podía hacer? Uno de ellos, tal vez el menos querido por mí, el Payaso, se nos iba acercando. Como si nuestra vida dependiera de ello, le susurré a mi eterna compañera:
-Corre como alma que lleva el diablo.
Y eso hizo ella. El cabezudo, bajo la enorme protuberancia de encima de su cuello, se echó a reír, y agitó el palo que llevaba para azotar. Yo aún conservaba las cicatrices del año pasado, accidentales, y hechas por la misma persona, estoy segura. Lentamente, me eché hacia atrás, sin ser consciente de que me estaba arrinconando el la pared.
-¿No corres, rubita?- me preguntó debajo de su enorme máscara.
-Ya no puedo- respondí, al ver que, efectivamente, no tenía escapatoria.

Entonces, sucedió un milagro: uno de los caramelos que repartían en esas cabalgatas le golpeó en la cabeza, lo tambaleó y lo hizo caer. Aliviada, lo rodeé, teniendo buen cuidado de reírme como niña que era, cogiendo el palo y partiéndolo por la mitad.
En mi dicha infantil, por este hecho yo me creía una heroína; al poco recordé el caramelo, y busqué por todas partes a mi salvador.
Lo único que vi fue una pierna cubierta por un pesquero verde y unas deportivas negras.

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Esa noche, en la verbena, me limité a observar a mi familia sentada en el banco de la plaza. No podía decir quién hacía más el tonto: si mi tío bailando el "Aserejé" con Lucía, o mi madre y María en el mismo baile, pero por separado.
No me sentía con ganas de ponerme en ridículo.

Mi pensamiento aún vagaba en esa cara pálida y angelical, ese rostro suave y a la vez definido, esos ojos intensos y oscuros, ése pelo, negro como una noche sin estrellas. Y, en alguna parte de mi cabeza que aún guardaba racionalidad, me acordaba del detalle de que me había salvado... Vale, de la tunda de un cabezudo de pueblo, pero un salvamento es un salvamento.
Tan sólo pensaba en volver a perderme en esa cara... Tan sólo quería volver a escuchar esa risa. Quería saber su nombre, para ensalzarlo y componerle una canción, dedicarle un poema... Necesitaba saber el nombre de ese niño.

martes, 13 de abril de 2010

Ji-Obdu

Tengo la costumbre de medir la alegría de las personas en kilos. Los hay que son obesos mórbidos en este tema. Y otros, como yo, sufren malnutrición preocupante.

Sin embargo, ahora yo debería ser la más gorda del mundo, con las manos manchadas de sangre y tinta, sobre el cuerpo que no late más. No ve, no oye, no saborea, no respira. Debería haberle cortado la cabeza y haberla arrojado a mi pueblo, que grita furioso en el fragor de una batalla que debería haber acabado hace rato. Y aún con todo, la cabeza de mi enemigo sigue unida a su cuerpo; sus ojos, verdes, miran sin realmente ser conscientes de que lo hacen. De su boca perfecta sale un hilillo de sangre oscura, al igual que de su pecho, donde una profunda herida delata el crimen que he cometido contra la persona que más me importa.

Los ojos se me llenan de lágrimas, mientras me paso las manos rojas por las mejillas, impregnándome de su escencia. Rompo a llorar, juntando mi frente con la de él. Los sollozos ascienden por la destrozada habitación. Un grito de horror, rabia, impotencia y pena escapa de mi garganta, y no lo puedo atrapar. Este mundo no habría hallado la paz si yo no...

Ahora soy la reina de un país que me pertenece por casualidad.
Y para ello he tenido que cometer un asesinato.
He tenido que matarle.

Me pongo en pie y tomo su espada, con la sangre y el sudor diluidos en las lágrimas de mi rostro. Me vuelvo al balcón y lo abro.

Los alaridos se intensifican. En el campo de batalla hay miles de cadáveres. Muchos de ellos son de mi bando. Busco con la mirada a mis compañeros más cercanos, a quienes me acogieron nada más llegar aquí. Mi pelo negro se agita con una brisa que arrastra un olor a muerte tras de sí. Los localizo. Ahí, en medio del tumulto, se encuentran mis dos mejores amigas en esta tierra cruel, fría y hostil. Reconozco con facilidad el pelo castaño, corto y desordenado de Teiâm. A su lado, con un gesto tan fiero, tan guerrero como ella misma, ondea al viento la melena rubia y espesa de Ria-Casbella, más conocida como Ribell. Las dos, con la mirada fija en mí, tardan unos segundos en comprender que se acabó, que todo ha terminado... Y que eso me destroza. Me mata.

Teiâm dispara una flecha al aire con su fiel arco; Ribell alza su espada en una postura orgullosa. Y ambas, al únisono, chillan:

-¡¡LEESDRANA!!- mi nombre vuela alto hacia el cielo oscuro, repetido por las voces de mi pueblo.

Cierro los ojos y tomo la empuñadura de su espada. La beso con una cierta ternura, y un amor infinito, antes de levantarla y gritar como la victoria se merece que le grite.

Es una victoria amarga, sí.

Pero, al igual que el futuro y el destino de este reino...

Es mía.







Dedicatoria de Lainelle Blacksound a Sandra Lee: Representarte como heroína de un mundo épico, Sandra, es lo menos que puedo hacer por una amiga como tú. Como has podido ver, esto es simplemente un prefacio. Me temo que tu regalo irá en lo que podríamos llamar "fascículos". Pero ten presente que Ji-Obdu, su mundo y sus gentes, son tuyos por entero.
Feliz cumpleaños, señoría.

miércoles, 7 de abril de 2010

Tightrope II

Sentirse perdido y solo hace que alguien confíe rápidamente en los demás. La curiosidad, mal mezclada con tristeza, suele dar como resultado una imprudencia recién horneada. Eso me decía mi conciencia mientras esperaba refugiada en un café, entre paredes enmoquetadas con colores cálidos y luz tenue, a que Erik trajera dos tazas de capuccino. Un algo me martilleaba para salir corriendo de allí, pero yo era incapaz de pensar "Eh, tía, estás tomando un café con un desconocido, ¿hola?". No, por mi mente sólo pasaba la idea de que quería estar sola pero con alguien compartiendo mi soledad. Y durante los diez minutos que había hablado con él en el puente, me parecía que Erik se acercaba bastante a la persona que no me molestaría mientras yo me comía la cabeza.

Vi su elegante figura moverse entre las gentes del café, y, prácticamente haciendo equilibrio, al fin logró posar las dos tazas sobre la mesa. Me alargó una, y me concedió una sonrisa amable.

-Bebe, estás calada hasta la médula- me informó, como si no me hubiera dado cuenta. Claro que no. Mi pelo mojado pegándose a mi rostro ovalado y mi abrigo lo más cerca posible de un foco de calor eran indicios de que yo tenía manías, nada más. Di un sorbo al capuccino, muy dulce, como a mí me gustaba. El joven me observaba en silencio, con los dedos cruzados en un gesto pensativo.

-¿Qué pasa?- inquirí, dejando el café sobre su correspondiente plato. Él negó con la cabeza, su pelo liso y castaño desordenándose levemente.
-Nada. Siento mucho tu pérdida- dijo por segunda vez en una hora. Fruncí los labios y miré hacia otra parte. Sabía que era lo que se decía en aquellos casos, pero no me gustaba que se compadecieran de mí.
-Vale, gracias- murmuré.
-Entiendo, no te gusta recordarlo. Perdona. Podemos hablar de otra cosa si lo prefieres- sonaba tan calmado, tan educado... No pude evitarlo, y volví la vista a los dos zafiros que brillaban en su rostro.
-Lo cierto es que no tengo muchas ganas de hablar ahora mismo- confesé. Erik asintió y volvió a observarme en silencio. La incomodidad hizo presa de mí. Pero no tuve que preguntarle qué estaba mirando; me respondió solo.
-Eres rara, Cécile. La mayoría de la gente que conozco no hace otra cosa que cotorrear e intentar olvidarse de todo mediante la cháchara. Y tú guardas silencio.
-Ya me habían dicho que voy a contracorriente, pero no me lo dijeron en plan mal.
-No. No es eso. Eres especial. Es evidente- el comentario me inquietó un tanto. Que una persona a la que me había presentado hacía un cuarto de hora exacto de dijera eso no era muy tranquilizador. Y de todas formas, tampoco me hacía gracia la idea de disculparme y salir de allí por patas. Erik tenía... magnetismo. Sex appeal, llamadlo como queráis. Una breve sonrisa salió de las comisuras de mi boca.

-Y tú, ¿cómo eres?- pregunté, en un intento de no caer en el vacío mundo de los silencios incómodos. Él sonrió ampliamente, casi con sorna.
-Lo bastante especial como para atraer tu atención.

Y con este críptico comentario, cruzamos los dos una línea que nadie había dibujado, pero que estaba ahí, marcando el límite entre la realidad y la fantasía, entre el ahora y el ayer.

martes, 6 de abril de 2010

Tightrope I

París, 16 de Mayo de 2010


En un día que se supone que tendría que hacer calor, llovía. Una marea de color negro se agolpaba bajo los árboles del cementerio Père-Lachaise, mirando un punto fijo. Yo me sentía el blanco de todos los ojos, la diana a la que estaban apuntando. Sabía que no era así, que en realidad observaban compungidos la tumba que había a mis pies. Una tumba que acababa de tragarse y llevarse a las entrañas de la tierra el cuerpo de mi padre, Jean-Baptiste Murnier. El féretro había bajado con su correspondiente lentitud, alargando la agonía que me atravesaba de pies a cabeza. Todo había ido como se suponía que tenía que ir en un funeral. Hasta había habido un cura leyendo la Biblia. Pero, pensé con rabia, mi padre no era creyente. En todo caso, lo propio hubiera sido prometerle la reencarnación o la llegada al Nirvana. Pero no. Lo habían enterrado como lo que no era, y así había vivido siempre. Sólo yo, su inocente hija con pintas de yanki, lo conocía de verdad. Me lo decía a menudo.

"Tú eres el espejo de mi alma, Cécile", decía y luego sonreía cansado, cerrando los ojos y suspirando como si hubiera visto demasiado en un solo día.

Vi que la gente pretendía acercarse a darme el pésame y a palmearme la espalda, como si lo necesitase. Ah, no. Ya tenía bastante con la tristeza que mi padre me había prohibido guardar en mi corazón. Me la tragaría yo sola. Ante las bocas abiertas de todos los amigos o conocidos del fiambre, salí corriendo del cementerio. Como si hubiera pactado con mis piernas torturarlas hasta no sentirlas más, mi carrera continuó hasta que me detuve lejos de allí, en el Pont Royal. Un trueno ahogó mi grito desesperado, pero los viandantes que me vieron hacer el gesto de echar los intestinos por la boca declararon abiertamente que estaba loca. Me apoyé en la antigua infraestructura, llorando, con las gotas de lluvia confundiéndose con mis lágrimas.

Durante un rato, no fui consciente de nada, de nadie, hasta que alguien me puso una mano en el hombro. Interrumpí mi sarta de tacos y dejé de emitir mi opinión sobre la mierda que era la vida, antes de alzar la cabeza. Sus ojos azules... Cómo olvidarlos. Me tendía un pañuelo de tela con su mano enguantada. Iba como un personaje de los años cuarenta, con gabardina larga.

-¿Estás bien?- preguntó mientras yo cogía el pañuelo. Aunque si me hubiera dado una rama de espinas, la hubiera aceptado igual.

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Paris, May 16, 2010


On a day that was supposed to have been hot, it rained. A flood of black, crowded under the trees of the cemetery Père-Lachaise looking at a fixed point. I felt the target of all eyes, the target to which they were pointing. I knew I was not, in fact, they observed that the tomb had pricked at my feet. A tomb just swallowed and carried into the bowels of earth the body of my father, Jean-Baptiste Murnier. The coffin had lowered with its corresponding slow, lengthening the agony that pierced me from head to feet. Everything had gone as was supposed to go on a funeral. So there had been a priest reading the Bible. But, I thought angrily, my father was not a believer. In any case, the same had been promised arrival reincarnation or Nirvana. But no. He had been buried as something he was not, and so had always lived. Just me, her innocent daughter with the looks of a Yankee knew him deeply. He said it often.

> ">"You are the mirror of my soul, Cécile" and then smiled tired, closing his eyes and sighing as if he had seen too much in one day.

I saw that people wanted to approach me and slapped the condolences back, as if I need it. Oh no. I had enough with the sadness my father had forbidden me to keep in my heart. I would endure it alone. Given the open mouths of all friends or acquaintances of the dead man, I ran away from the cemetery. As if he agreed with my tortured legs until I couldn't feel anymore, my career continued until I stopped off there on the Pont Royal. Thunder drowned my desperate cry, but passersby who saw me make the gesture of throwing the intestines through the mouth openly declared that I was crazy. I leaned on the old infrastructure, crying, with raindrops mingled with my tears.

For a while, I was not aware of anything, anyone, until someone put a hand on my shoulder. I interrupted my string of rude words and stopped expressing my opinion about the shit that was life, before looking up head. His blue eyes ... How could anyone forget them. He handed me a handkerchief with his gloved hand. He was like a character in the forties, with long raincoat.

- Are you okay? - Asked as I picked up the handkerchief. But if I would have been offered a branch of thorns, had accepted the same.

Tightrope

Los deseos, cuanto más se quieren, menos se consiguen. Me he dado cuenta de esto de la peor manera posible; tendida en un suelo negro y frío. Si pudiera sentir, sentiría mi mano manchándose con mi propia sangre. Si pudiera hablar, te pediría que mirases a otro sitio que no fuera mi cuerpo perforado por las balas. De todas formas, no he hecho otra cosa más que cumplir mi promesa, ¿te acuerdas? Te prometí que moriría por ti si se me presentaba la ocasión. Y ha llegado, Erik. Ya ha llegado ese momento en el que tengo que demostrar que te quiero...

Porque te quiero.

Porque sé que, vaya a donde vaya, voy a recordarte siempre. Como te recuerdo ahora, en los últimos segundos que me quedan de seguir respirando. Cómo me gustaría poder sonreírte y decirte que no pasa nada, que estaré bien... Pero me voy, me voy y tú te quedas... Qué bonito es que lo último que vea sean tus preciosos ojos azules...

Como aquel día.

Aquel día supe que moriría antes de amar a nadie que no fueras tú. Supe, muy dentro, que tú serías el superhéroe que adornaría las páginas del cómic que era mi vida entonces. Me empeñaba en taparlo todo con mis idas de olla, hasta que un golpe de realidad decidió golpearme. Y apareciste tú... En el Pont Royal, ¿te acuerdas? Seguro que sí. Yo con ganas de mandarlo todo a la mierda, soltando improperios a plena luz del día... Bueno, apuesto a que pensaste que estaba loca...

Los meses que siguieron colgaron de una cuerda floja, pero fueron los más felices de mi corta vida...





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Wishes. The more you want, the less you get. I've noticed this in the worst way possible, lying on a black and cold ground. If I could feel, I would feel my hand with my own blood staining. If I could speak, I would ask you to look somewhere else than my body pierced by bullets. Anyway, I have not done anything but fulfill my promise, remember? I promised that I would die for you if I had the chance. And it has arrived, Erik. It has already come, the time that I must prove that I love you...

Because I love you.

Because I know that wherever I go, I will remember you forever. As I remember now, in the final seconds that I have left to keep on breathing. How I wish I could smile at you and tell you that it's OK, that I'll be alright ... But I go, I go and you stay ... How nice the last thing I see are your beautiful blue eyes ...

As that day.

That day I knew I would die before loving anyone but you. I knew deep inside, you'd be the superhero who'd adorn the pages of comic my life was then. I insisted on my trips cover everything pan, until reality decided to hit me. And then, suddendly, you appeared ... In the Pont Royal, remember? Sure. I wanted to send all to hell, releasing insults to daylight ... Well, I bet you thought I was crazy ...

The months that followed hung from a tightrope, but were the happiest of my short life ...